Ahora que las novelas y series históricas ambientadas en Salamanca se han puesto de moda, y aprovechando el centenario de su charra universal Carmen Martín Gaite ("Entre visillos", 1957), conviene recordar que también se escribieron otras grandes novelas que supieron radiografiar a la perfección su gris realidad en tiempo presente. Espero que sirvan de estímulo para que los escritores charros pisen de nuevo la tierra, el barro.
En orden cronológico:
1 - LA NIÑA DE PLATA Y ORO (1938) Mariano Tomás
¿Y quién es esta joyita de niña? Pues ni más ni menos que Salamanca, la blanca o la negra según la experiencia vital de cada uno. Como nunca hay que volver a los lugares en los que se fue feliz-desgraciado, la única manera de volver a pisar sus empedradas calles es leerla. Y aquí la protagonista absoluta es Salamanca, no solo un áureo decorado. Una Salamanca antropormorfizada, hecha carne de mujer, Aurea Pedrosa. Lo que viene siendo Piedra Dorada, la quintaesencia de Salamanca. De esta buena mujer se enhechiza, como no podía ser de otro modo, un forastero, el príncipe alemán desterrado Federico de Schömberg (“el Príncipe alemán y su criado Peter, a quienes conocí en Viena. Entonces, por los años 26 al 30, residían allí muchos príncipes destronados después de la guerra del 14, pues el único reinante era el de Lichtenstein”, Mariano Tomás fue corresponsal en Austria para el diario ABC). La novela la empezó a escribir Mariano Tomás, afamado escritor de novelas históricas con tintes rosados (de ahí al dorado solo había un paso), en Madrid, en mayo-junio de 1936, a punto de comenzar la Guerra Civil. Decide refugiarse en la embajada de Bolivia, de donde sale en mayo de 1937 para dirigirse a Valencia. Allí coge el famoso barco de guerra argentino “Tucumán” (transportó a más de 1.200 exiliados republicanos entre noviembre de 1936 y junio de 1937, entre ellos al portero Ricardo Zamora), que le traslada a Marsella. Después de recorrer Francia de cabo a rabo, llega a Salamanca en los últimos días de mayo. Allí, en concreto en el Palacio de Anaya, sede del Gobierno Civil (y de las secciones de Prensa y Propaganda), ya en manos de los golpistas, vuelve a comenzar la novela, que se había dejado olvidada, y daba por perdida (que va a ser que no: “en Madrid, a pesar de los registros que hicieron en mi casa y de los despojos que sufrí, volví a encontrar las cuartillas de la primera novela, que no difiere mucho de la que se imprimió”), en Madrid. La termina en noviembre de 1938 en Valladolid (en Salamanca residió durante 7 meses), y sale publicada en 1939. El origen de la novela, que transcurre durante la postrimerías de la corrupta República, también es conocido: “En una fiesta celebrada en Madrid me presentaron a una señorita vestida de charra. Me admiraron su belleza y su traje y le dije que parecía una niña de plata y oro. —Haga usted una novela con ese título... ¡Claro, sin que yo sea la protagonista! —me contestó. Yo se lo prometí y después de madurar el asunto de ella, empecé a escribirla. No recuerdo cómo se llamaba esta señorita y, posiblemente, no sabe que le he cumplido la promesa.”
La novela, salvo una elogiosa crítica de Mariano Fernández Almagro en ABC (casualmente el ejemplar dedicado que poseo de la novela es el que el escritor le mandó al crítico), pasó bastante desapercibida, en Salamanca (“ciudad leonesa”, Reino de León) no tanto, el orgullo chauvinista salmantino siempre es un plus:“Me complace extraordinariamente que les haya gustado a los salmantinos la descripción de su Plaza Mayor, única en el mundo. Conozco por mi cargo de Correo Diplomático las más nombradas de toda Europa y hay muchas, más amplias, más pretenciosas, pero ninguna he encontrado que reúna tanta belleza, tanta unidad, que la unidad es también una gran belleza, como la Plaza Mayor de Salamanca.” “La ciudad, digna de nombrarse junto a los museos vivientes, como Nüremberg, Florencia y Toledo. Ninguna plaza en el mundo como su Plaza Mayor.” El epicentro de la novela es la Plaza Mayor (“Las demás plazas del mundo son espacios abiertos, con horizontes más o menos graciosos; pero ésta fue plaza concebida y terminada para Plaza Mayor, más bien, para Plaza Real... ¡Es bonito el nombre! ¡Plaza Real! Y ninguna en el mundo que lo merezca como esta plaza de Salamanca.”), allí surge el flechazo, el hechizo, allí vive el Príncipe, pero no es el único emplazamiento salmantino: la Torre de la Catedral, el Palacio de Anaya, el Palacio de Monterrey, la Clerecia, la Torre del Clavero, la Iglesia del Santo Espíritu, San Esteban, el Novelty, el Corrillo, la Portada de la Universidad, el Puente Romano, el Puente Nuevo, el desaparecido Gran Hotel, el Palacio Episcopal, el Crucero, la Costanilla, la calle Zamora, la calle San Pablo, el Convento de Santo Domingo. También está su espíritu, su esencia: el triángulo Universidad-Toros-Aristocracia, lo que viene siendo su eterna dualidad razón-pasión, saber-poder, pueblo-casta. Dualidad que Mariano Tomás integra de forma armónica gracias a las maravillosas, entrañables, amistades inter-generacionales, inter-clasistas, inter-culturales, entre el Príncipe y su criado Peter, el secundario que se hace con el protagónico gracias a su cuajo, a su empaque, entre el Príncipe y los dos profesores universitarios, don Pedro Ramírez y don Ramón Izquierdo, y entre el Príncipe y el picador Joselillo (“hace bastantes años vivía en la portería de la Casa que yo habitaba y que estaba frente de la Plaza de Toros de Madrid, ya derruida, un picador joven, muy buen chico, formal y educado. Me fue simpático, y a su recuerdo, a su sombra, le di vida en el "Templao" de mi novela. Él se llamaba también Manolo, Manolillo el Aldeano, y todavía lo veo por Madrid muy limpio y muy compuesto.”). Una sana igualdad potenciada por el tema de la novela, el destino, y el amor-desamor, conceptos en los que el libre albedrío ni pincha ni corta. “No bastan intenciones ni propósitos para llegar a un fin. Somos juguetes de los demás; toda voluntad camina prisionera de voluntades extrañas”. Lo que la naturaleza no da, Salamanca no lo presta. Lo popular, Alarcón, se fusiona con lo culto, Shakespeare, dando como resultado una más que entretenida novela de aventuras amorosas escrita con la pulcritud, ironía, sabiduría, de un castellano viejo, albaceteño para más señas. A pesar del título, el libro no tiene nada que ver con la obra de teatro de Lope de Vega (posteriormente adaptada por los Hermanos Machado en 1924), “La niña de plata” (1613), localizada en Sevilla, ni con el contemporáneo ballet andalucista de José Muñoz Molleda, “La niña de plata y oro” (1936-37). La altiva, arrogante, chismosa Salamanca sale por la Puerta Grande (expresión salmantina no taurina, los graduados universitarios salían por la puerta grande de la Catedral) de la literatura, una vez más. Quien quiera saber, a Salamanca a aprender.
“Uno de los escritores que han experimentado su hechizo es Mariano Tomás, acogido al regazo salmaticense en días de prueba. De la experiencia vivida, ha obtenido una preciosa novela, que deliberadamente excluye temas actuales, por creer el autor, sin duda, que el alma de la ciudad se manifiesta con mayor pureza en lo normal y cotidiano.” Melchor Fernández Almagro
2 - LA LUZ PESA (1951) Manuel San Martín
Y la tradición, y los tópicos. La novela se publicó en 1962, aunque se escribió en 1951, y de su sola lectura se puede inferir que en los años 60 la libertad de expresión no estaba tan limitada, la censura no eran tan generalizada. Manuel San Martín expone con crudeza, crueldad, cinismo, la cara-b de la posguerra española en una ciudad provinciana (en la línea de “Calle Mayor” y “Nueve cartas a Berta”, sin la condescendencia de Bardem, de Patino), Salamanca, y no de la mano de delincuentes, o no solo, sino utilizando como mensajeros a tres ex-seminaristas, que en el fondo son el mismo, adoptando cada uno una decisión, solución, diferente. Tres vías de redención, tres caminos de perdición, que acaban convergiendo en su divergencia. Eso en cuanto a los tópicos de la literatura franquista, en cuanto a la tradición hay que remitirse a la interna, y a la externa. La interna, la novela filosófica, metafísica, culterana, del charro por poderes Unamuno, o de Baroja, con un plus de sensualidad, de modernidad, y la externa, las novelas existencialistas de Camus y Sartre, con un plus de religiosidad, de herejía. Digamos que “La luz pesa” es la vertiente oscura, activa, de “Entre visillos”, el punto de vista masculino, misógino, aquí la tensión entre carne y espíritu, entre luz dorada y luz pesada, es mucho mayor. San Martín es más naturalista, divaga más (“Manuel San Martín metía el resquemor de la rebeldía en una cobertura intelectual y vitalista.” Manuel García-Viñó), y Gaite más realista, concreta. Si “Entre visillos” no se atrevía a cruzar la frontera del “Barrio Chino”, “La luz pesa” la traspasa con total normalidad. La Salamanca de San Martín es más compleja, completa, recoge su faceta universitaria, religiosa, y su faceta mundana, pagana, sin Eros el Tanatos tiene menos peso. Salamanca la blanca y Salamanca la negra, sexo y oración, goce y culpabilidad, doble placer, literario. Probablemente el debut más potente, maduro, de la literatura española de los 60, magistral como combina realismo con digresiones filosóficas, sueños, la voz de la conciencia. Con muchísimo menos Aldecoa, Fraile, Fernández-Santos, Ferlosio, ocupan un lugar de honor dentro de la Generación de los Niños de la Guerra (lo siento, la etiqueta de “nueva novela española” de Viñó nunca fue una corriente, nunca llegó a cuajar).
“Ya el título es todo un acierto. Porque “la luz que pesa” es la Gracia; la Gracia que, en cierta manera, marca; que está omnipresente, incluso en las situaciones más impensadas y en protagonistas insospechados que alguna vez, no obstante, sintieron la pesantez de la luz salvadora en su espíritu. Y ello tanto si la aceptan como si la rechazan.” P.
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3 - ES LA VIDA (1954) Ramón Cajade
El afrancesado título (traducción literal de “c´est la vie”, en español sería más apropiado “así es la vida”) puede llevar a engaño, o no tanto. Porque no hay nada más francés que el existencialismo, pero también nada más español que el pesimismo, que el anarquismo, que el dejarse vivir sin excesivos dramatismos ni alegrías, lo que viene siendo una mezcla de ataraxia, de contemplación pasiva, y de resignación cristiana. La vida es como es y así hay que aceptarla, sufrirla. Un fatalismo extrovertido, lúcido, y a la vez misántropo. El español, el castellano, el gallego, vive de contradicciones, de paradojas, que le emparentan más con el charro universal Unamuno, que con el hombre de acción de mesa camilla Baroja. A Cajade la vida no le viene solo a la habitación, va a encontrarla a los bares, a los suburbios, a los pueblos. Para sus maravillosos personajes libertarios, vagabundos vocacionales, bohemios, el verdadero triunfo es disponer de su tiempo, de su aburrimiento. Un espíritu errante, nómada, que para Cajade es esencialmente galaico, por afición, vocación vital, no por necesidad económica. Sus solitarios personajes, perdón personas, hablan como en la calle porque son gente de la calle, no intelectuales, culturetas. Sus diálogos son profundos, sentenciosos, no discursivos, literarios. Hablan con el corazón en la garganta, son brutalmente sinceros, honestos, inocentes como niños chicos. Sus anti-héroes no buscan la realización, persiguen la tranquilidad, vivir al margen de la sociedad, del pensamiento dominante, sin que les molesten, ni molestar, no viven pero dejan vivir. Su agresividad es interna, auto-destructiva, cada cual vive, rumia, en su propia burbuja, pero aún así comparten un espacio común, una camaradería, una humanidad, una solidaridad-empatía entre marginados, inadaptados. Una ternura, romanticismo, de baja intensidad, tan entrañable como el de las mejores historias, amistades, de Jaime de Armiñán. La forma en Cajade no ocupa el primer plano, el hilo estructural se va desenrollando sin que apenas se aprecie a base de encuentros y desencuentros, generalmente casuales, de digresiones, agujeros narrativos, codas, huidas, como si se tratase de una road-movie, de una película de itinerario. Las emociones precipitan los acontecimientos como efecto, no como causa. No hay una voluntad de actuar, hay una asunción de las consecuencias, un dejarse llevar por el torrente de la vida sin estridencias, tragedias, un estoico, anti-tremendista, camino de perfección inconsciente. El austero punto espiritual común entre galaicos y castellanos viejos, Cajade era un escritor gallego, compostelano, trasplantado al páramo castellano, salmantino. En Salamanca vivió y trabajó como Secretario Judicial de 1953 a 1974, sus años más fecundos como creador. El ritmo lento, ensimismado, de Salamanca (que nadie se deje engañar por el aparente bullicio estudiantil, no es más que una tapadera, que una vulgar capa externa, ajena), invita a la reflexión, al auto-análisis. Tres grandes novelas de posguerra, sobre la libertad interior, sobre el peso muerto de los demás, se sitúan en sus angostas, retraídas, calles. “Entre visillos” de Carmen Martín Gaite, “La luz pesa”, del también salmantino Manuel San Martín, y ésta, aparentemente la más modesta, sencilla, y probablemente la que mejor recoge su esencia pasiva, conformista. “Es la vida” es como el Tormes, un río disfrazado de estanque. La vida sin el picardías de la ilusión, o puedes cambiar de sitio, pero el muerto, el cenizo, siempre lo llevas a cuestas, a burro.
“El autor ha logrado imprimirle a su relato un sentido impresionista; apenas se detiene en las descripciones, y, sin embargo, los cuatro trazos con que fija un paisaje o un estado tienen mayor fuerza de captación que el trabajo minucioso. Libro, el suyo, de gran intensidad espiritual, ayuno de rellenos literarios y atento tan sólo a las vivencias de cada instante.” Emilio Merino
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P.D: ENTRE
VISILLOS (1957) Carmen Martín Gaite
Gaite recibiendo la llamada del Premio Nadal
“Me dijo que por qué estaba tan callada, que le contase alguna cosa, pero yo no sabía qué contar.”
O de la cantidad de tiempo que perdemos en esta vida con personas que no nos interesan ni lo más mínimo, y a las que no interesamos lo más mínimo. Personas que no nos aportan nada, y a las que no aportamos nada. Personas que no tienen nada que contarnos, y a las que no tenemos nada que contar. O dándole la vuelta, de lo importante que es encontrar un interlocutor en esta vida. Alguien con quien poder, querer, hablar. Alguien a quien poder, querer, escuchar. En palabras llanas, amistad o amor, o las dos cosas a la vez. Hagamos una prueba, eliminemos de la lista de “amigos” todos aquellos con los que mantenemos una relación de conveniencia o superficial basada en gustos y aficiones comunes. Eliminemos a aquellos que utilizamos por diversos motivos. Eliminemos también a aquellos de los que dependemos o necesitamos, y aquellos que dependen o necesitan de nosotros. Si realizada la limpia ha quedado al menos una persona que le cree conocer, o a la que cree conocer, con la que se siente cómodo, a gusto, con la que puede hablar, escuchar, es usted un privilegiado, ha encontrado a su interlocutor, alguien a quien amar. ¿Han quedado varias personas? Desconfíe, alguna de ellas le está engañando, espere a que las cosas les vayan bien, o a que sus cosas le empiecen a ir mal, no se preocupe, caerán por su propio peso. Quien tiene muchos amigos no tiene ninguno. Como todo en esta vida, es una cuestión de calidad, no de cantidad. La vida es demasiado corta para tratar de conocer a más de una persona, suficiente tenemos con nosotros mismos. ¿No ha quedado ninguna? No desespere, quedan dos opciones, el interlocutor imaginario, o conocerse a uno mismo, mirar hacia dentro. ¿Inconvenientes? Que para reír o llorar se necesita un espejo, que se conoce menos gente. Habitar la soledad no es fácil, y conlleva el mismo esfuerzo que tratar de habitarla en compañía, sin todas sus ventajas. El silencio está muy bien, pero para que exista se necesita el ruido, las palabras.
Dicho esto vayamos al libro, que trata precisamente de esto, de la búsqueda del interlocutor en una pequeña ciudad de provincias. Búsqueda multiplicada de dificultades debido al ambiente cerrado, opresivo, a la falta de libertad, de intimidad, al que dirán, al cotilleo, a la crítica. Iba a decir el vicio nacional, pero que va, el deporte nacional, una sana costumbre que nos engrandece. La desmitificación, el cuestionamiento, de todo. Nada, ni nadie, queda indemne, incluida la religión, sobre todo la religión. El cinismo elevado a la categoría de arte, la mala leche, la mala ostia, institucionalizadas. Por supuesto sin ninguna capacidad autocrítica, hasta ahí podíamos llegar, el yo es nuestra religión, algo sagrado. ¿Quién necesita a Dios? Si como diría Unamuno: Dios es un loco que se cree Unamuno. Y la envidia, que casi siempre va aparejada, cosa bastante normal en un país en el que el 100% de sus habitantes son genios, o posibles genios. Imposible no envidiar al vecino por suplantar un destino que era el nuestro, es injusto. Si ya es difícil la búsqueda, el encuentro, del interlocutor en unas condiciones favorables de libertad, de multiplicidad de ambientes, ya sean culturales o de ocio, de multiplicidad de personas a elegir o que te elijan, en el ambiente más limitado de un pueblo, o de una pequeña ciudad de provincias, la búsqueda se torna casi imposible. Salidas, pocas, la principal, huir a la gran ciudad, o esperar la llegada milagrosa del forastero redentor. Todavía no existía internet, ni la televisión, ahora las dificultades se han equiparado entre los pueblos y la gran ciudad, se ha universalizado la soledad, la desconfianza, el miedo. Cada bloque de viviendas de la ciudad se ha convertido en un pequeño pueblo en miniatura, con todas sus desventajas y ninguna de sus ventajas, si las hubiere, principalmente la mayor cercanía con la naturaleza, o al menos lo que queda de ella. Todos los avances en las comunicaciones lejos de acercarnos a los demás nos han aislado cada vez más, hemos dejado de mirar a nuestro alrededor para mirarnos a nosotros mismos. Solo en apariencia, si así fuera habría supuesto un avance, pero no es así, solo nos quedamos en la superficie, en nuestros deseos y necesidades. Nos hemos convertido en una sociedad de consumo de nosotros mismos, y a los demás, en objetos intercambiables de consumo. Han convertido lo lejano en aparentemente cercano, y lo cercano en lejano.
Es más fácil comunicarte con un amigo o un familiar por whatsapp o e-mail que comunicarte con él en persona. Sin el intercambio de miradas, de palabras cara a cara, desaparece la comunicación. Vivimos en la era del espejo, la era en la que la amistad, el amor, solo son reflejos idealizados de nosotros mismos, la era del engaño, si al menos fuera del desengaño habría esperanza. Para quitarse las caretas primero hay que saber que se llevan puestas, y no es sencillo, corremos el riesgo de que debajo de la máscara no haya nada, o que lo que encontremos no nos guste demasiado. Que no cunda el pánico, todos somos iguales asomados al interior. Las diferencias son de matiz, no nos vayamos a creer tan especiales, tan individuales. Saquemos para fuera esa igualdad y seamos felices, los unos sobre los otros, que es menos aburrido que rumiar la soledad a solas. Sin engañarnos, solos estamos desde que nacemos hasta que nos morimos. Se trata de compartir nuestra soledad, no de dejar de estar solos, de habitar nuestra soledad con un interlocutor.
Carmen Martín Gaite después de recibir la llamada del Premio Café Gijón (1954)
En primer lugar: gracias por este proceso de culturización que brindas a tus lectores. Y en segundo: el enlace de Mega para "Es la vida" lleva otra vez al de "La luz pesa". Un saludo.
ResponderEliminarCorregido, gracias por el aviso. Un saludo.
ResponderEliminar¿Qué opinas de la recuperación de Bélver Yin? ¿Foxy, Discos K o Charly Blues?
EliminarEnorme tu labor.
Un saludo.
Estimado Juncal, tomo nota de Bélver Yin. Charly Blues (hace poco me enteré que había muerto). Un saludo.
EliminarNo era una recomendación. Simplemente me interesaba saber tu opinión sobre el fenómeno. Todos tus textos relacionados con Salamanca siempre han tenido mucha valía.
EliminarGracias, Salamanca en el recuerdo saca lo mejor y lo peor de mí. En cuanto al fenómeno, pues me alegro que el talento acabe encontrando su cauce, y si es en las antípodas pues mejor todavía.
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